Fragmentada

Tengo que salir e ir pronto a lo de Carlos. Viaja a Miami a la cinco de la tarde, y se le quedó el pasaporte. Me dice: puede estar en el dormitorio; en la sala o la cocina; quizá sobre el refrigerador. Me pone nerviosa esto de tener que alterar mi rutina. ¡Es siempre tan descuidado! Vive en el sexto piso. Departamento 623 o 625. A ver… ¿De dónde salió ese gato? Del 625; ¡es el 623! No tiene gato, desde chico los odia. La chapa de su puerta tiene maña, hay que mover varias veces el pomo para lograr que la llave abra. Ya está. A buscar, por todas partes. Lo primero, a la derecha, el baño, huelo su colonia. La toalla mojada en el suelo, sobre el lavamanos espuma de afeitar con restos de barba. Al dormitorio. Calzoncillos y calcetines usados por el suelo. Camisas y pantalones sobre la silla; la puerta del closet abierta y la ropa a punto de venirse al suelo. La lámpara; una boleta de supermercado; algunas monedas; un vaso de leche a medio beber, todo sobre el velador; en el cajón, un reloj que no funciona; unas tarjetas caducadas. Quizá en los bolsillos de sus chaquetas. No, solo hay algunas monedas y envoltorios de pastillas de menta. A la sala. Levantar y mirar debajo de los cojines del sofá, aparte de migas, nada. En la mesa de centro una caja de cartón de pizza. A la cocina. Chequear los estantes y cajones. En la parte superior del refrigerador, que está lleno de cervezas valdivianas, cuentas de luz, agua, gas, y, un desatornillador. Lo llamaré, mejor no. Revisaré de nuevo. Ah, me falta la repisa con los libros. El ser y la Nada de Sartre. Me recuerdo de las largas charlas hasta la madruga, cigarrillos y cafés. Los fingidos intelectuales nos apodaban los conocidos. Sebastián tenía los ojos enigmáticos de un mensajero de otro mundo, para mí era una ventana de cara al parpadeo lejano de una estrella. Siento la cabeza nublada, ¡relájate, relájate! Aspira y exhala. Tiemblo ante el horror de perder mi memoria y caer en la nada. La sensación de vacío en mi mente me asusta…Y no recuerdo para qué vine al departamento de mi hermano. Estoy al borde de un ataque de pánico y me aterra. ¡Las cervezas Valdivianas! Voy a beber una, a ver si se me pasa esta sensación de extrañeza. La cerveza está helada y ligeramente amarga. Piensa, concéntrate en algo… Este departamento es pequeño, ideal para un solterón desordenado. Tiene una linda vista al parque Centenario. Necesito ir al baño. ¡Qué descanso! La cerveza es diurética. Pero, ¿a qué he venido? ¿A qué?; Dios mío, me encuentro aquí y no sé a qué he venido. ¡La cabalgata de las Valkirias! Es mi celular. — ¡Carlos! — Amelia, ¿dónde estás? — En tu casa, y no sé a qué vine… espera, ya me acuerdo. He buscado tu pasaporte por todos lados. — ¡Amelia, ese fue un favor que te pedí la semana pasada!

Cementerio de la moda

 

 

Una mujer vivía  solitaria en Rancagua.  Su vida era cómoda,  gracias al  buen sueldo de su marido que trabajaba en la mina de cobre. Sin embargo, la soledad y la rutina: limpiar la casa o preparar  comida, la condujo a dos situaciones extremas.  

Su primer exceso  fue la comida; se volvió glotona.    Comía suculentos platos de pasta y  gran cantidad de  chocolates y pasteles.  El segundo fue comprar ropa y prendas de vestir. No dejó tienda ni centro comercial sin visitar. Incluso viajaba a otras ciudades en busca de novedades.  Su mayor ajetreo se producía durante las liquidaciones  de cambio de temporada.  Pero, en su fuero interno, las compras no solo satisfacían su adicción al consumo. Las vendedoras o dueñas de las tiendas la hacían sentir importante, los elogios a su buen gusto la llenaban de orgullo y, como ella pretendía estar comprando para una hija esbelta, era admirada por ser una madre preocupada.

 Sintiéndose bien, regresaba a su hogar, decidida a caber en los vestidos, pantalones o blusas. Su sueño era poder revertir  la imagen que veía cada mañana al desnudarse en el baño. Un expandido vientre  ya le escondía la punta de sus pies.   

Sonia fue acumulando  fardos de ropa en una pieza de su casa.  Soñaba lucirla  cuando adelgazara.  Desgraciadamente,  nunca logró perder peso y un día murió  por un infarto. 

El marido, quien la había ignorado en todo momento, excepto cuando estaba en la cama, retiró  de la casa casi una tonelada de ropa.  Sin saber qué hacer con tantas prendas las vendió a unos exportadores  de ropa usada. 

Cuando el cargamento llegó a África, continente donde usualmente van a parar los desechos del consumismo americano, asiático y europeo, los mercaderes, al darse cuenta de que era ropa sin uso  se   alborotaron, peleándose por abrir los fardos y agarrar la mayor cantidad posible.  Al poco rato comprobaron que era demasiado pequeña para la estatura de las mujeres africanas. Al final, las faldas, pantalones, blusas y chaquetas de Sonia fueron  diseminadas, por inservibles,  sobre montañas de desechos en la playa. 

 El mar  fue el último comprador, llevándose casi una tonelada de poliéster al fondo marino de la costa de Kenia. 

 

Instantánea de una vida

 

El Tuco  es un hombre de edad indefinida que deambula por Reñaca entre  restaurantes y turistas.  A menudo se le ve sentado en cualquier banco, dibujando.  Todos los días esboza  el  rostro de algún  transeúnte que llama su atención. Desde que eligió esta forma de vida, el mundo es un relámpago de cosas y gentes que pasan sin tocarlo. Él se desliza frente a los ojos de los otros como un tumor  que nadie desea  tener.  Pero no siempre fue así. El Tuco fue un médico famoso que de pronto sintió al dinero como algo totalmente ficticio, abstracto y, por lo mismo, le produjo  rechazo.     

Su padre nunca entendió que tirara todo por la borda.  

—¿Qué vas a hacer con tu vida?- le había preguntado años  atrás.

—Nada—  respondió él. 

—¿Y de qué vas a vivir?

—De muy poco.

—Escucha, nadie vive de la nada.

—Tú vives de lo imaginado – le contestó, haciendo alusión a lo inmaterial del dinero.  

—Vas a ser un vago.

 

Hoy el Tuco ha dibujado a su padre, como lo recuerda, más joven y gordinflón.  Una vez acabado  el sketch, guarda  el pedazo de lápiz en el bolsillo y cierra el cuaderno.  Se dispone a mirar la puesta de sol en el mar como un nazareno sucio y maloliente. A su izquierda,  los edificios de la ciudad y los árboles desaparecen tras la cortina del ocaso.  Frente a él, el sol, descendiendo, tiñe el horizonte de colores cálidos,  tan opuesto al gris de su  vida.

Más tarde va al lugar donde guarda el saco de dormir y la pequeña almohada; con estas cosas regresa a la playa.

 Todavía es temprano para dormir.  Es hora de fumar la colilla de cigarro, recogida de cualquier suelo; y de pensar en nada  especial.   

El Tuco  toma un puñado de arena, y la deja caer lentamente. Desde la mudanza a la playa sus nervios han mejorado. Cuando llega el silencio se mete en el saco  y duerme relajado con el sonido de las olas, mientras arriba corretean los ratones.

 Se despierta bruscamente  cuando una pesada bolsa le cae sobre los pies. Luego escucha la sirena de un auto policial. Incorporándose, medio dormido el Tuco abre la bolsa.  Adentro hay  fardos de dólares.  Está confundido y se pone triste porque supone que  el dinero es ineludible;  vuelve a tentarlo con soñadas fantasías de placeres y  felicidad.  Las yemas de sus dedos  disfrutan con los crujientes billetes de cien. Un papel de calidad, diferente  al papel de los pesos que un día tuvo.   

 Tras meditar un momento, lo tienta la oportunidad. Podría tratar de funcionar en sociedad, de construir una nueva vida en otro lugar. Tembloroso como un perro, toma el bolso y camina derecho hacia la negrura del mar.  Va a seguir al sol que se levanta al otro lado del  mundo.

 

Hombre de arena

 

Juan Cohen creyó que el mercado seguiría subiendo; esto lo llevó a comprar acciones a precios elevados, pero cuando la burbuja financiera se pinchó, perdió una gran cantidad de dinero. 

Al borde de un trastorno nervioso, su psiquiatra le sugirió unas vacaciones en la costa, y le recomendó ir solo. Siguiendo las instrucciones del médico alquiló una habitación con vistas al mar, en el duodécimo piso de un hotel cinco estrellas, en el turístico pueblo costero de Manai. 

Cohen salió a caminar por la costanera, hasta las rocas, en el lado sur de la playa. A la mitad de la ruta el paseo le resultó tedioso y decidió regresar al hotel.  Antes de entrar limpió la arena de sus pies, y fue al bar. Ordenó un vodka— naranja.  

Ya llevaba dos semanas   en vacaciones, y no lograba motivarse para regresar a sus negocios.  Los dos primeros días los pasó durmiendo, ayudado por las pastillas recetadas para aquietarle la ansiedad.  Poco a poco, en  la holganza de sus días, cayó en cuenta que a sus sesenta años no quería rehacerse como empresario.

Terminó el trago y subió a su pieza, se tendió en la cama. Mirando el cielo raso se quedó dormido.  Cuando despertó recordó que no había llamado a su esposa para actualizarla sobre su estado.  Mientras el teléfono llamaba se preguntó asqueado: ¿Hasta cuándo le seguiré ocultando mi sentir? Decididamente no quería seguir funcionando como hasta ahora, y aunque sabía que ella dependía de él para tenerlo todo, estaba decidido a cambiar su estilo de vida. Al escucharla contestar la llamada, colgó.  Me estoy desmoronando.

Había oscurecido, se levantó y salió al balcón. El perfume del mar estaba en el aire. 

Un empujón bastaría.

Se acordó del día que trepó a un ciprés; tenía nueve años.  Cerca de la copa del árbol, entre las ramas, encontró un pichón en su nido. Lo tomó con cuidado, y en una acción disparatada lo lanzó al aire; el pajarito lo intentó, pero era demasiado joven para saber volar.   Tal como el pájaro incapaz de volar fuera del nido, él podría caer  desde el duodécimo piso.

Nacer

 

 

Expulsada, desde la caverna de sangre, 

efluvio gelatinoso a la pureza de la luz, 

el  ciclo de mi tiempo ha comenzado.  

La textura del mundo sofoca el ruido de las tripas. 

La ternura suaviza el miedo a lo desconocido. 

Nacida desde la profundidad matriarcal

a la melodía del triunfo en la creta de la ola.

Avanzo poco a poco en la esperanza fatua:

Romper mi ciclo con un brote nuevo.

LA IMPORTANCIA DEL ARTE

El otro día me encaminé a  Valparaíso para darme uno de esos viajes que uno se da, de vez en cuando, para recordar momentos.   Siempre me enorgulleció haber crecido en una ciudad con tanta historia patrimonial.  En sus calles podía apreciar diferentes tipos de arquitectura y esculturas representativas de épocas pasadas. Edificaciones que representan la importancia de un puerto principal del pacífico sur.

Hoy, hasta donde alcanza la mano de un porteño, estos edificios están  rayados, garabateados, y  condenados a morir de viejos.  

Me causó  tristeza porque, más allá de los rayones , está la persona, el porteño, el individuo que ha perdido la estética, y el  respeto al arte. Cuando esto sucede,  comenzamos a perder nuestra humanidad como grupo social.  

Perder la sensibilidad  frente al arte deshumaniza al ciudadano, lo convierte en un  ser ciego, sin esperanza. 

El valor del arte, desde mi punto de vista , está  en elevar nuestro espíritu por sobre las vicisitudes  que nos toca vivir. La arquitectura, la escultura, la pintura deben ser de acceso comunitario, con ellas  dejamos huellas a las futuras generaciones, y esto nos confiere una especie de inmortalidad colectiva. Cuando  se pierde, nos desintegramos como sociedad, volvemos al vacío de la ignorancia. 

El Sonajero

Muchos años más tarde, en la comisaría del Gobierno Civil, había de recordar esta escena:

Un sonajero en primer plano, golpeado por los bruscos manotazos de un niño, mi hermano pequeño. Su cara excitada, leves resoplidos, las piernecitas pateando el aire.

Un lazo, un lazo azul con motitas blancas, un lazo enorme que una mujer, mi madre, me anuda al cuello. Yo con cinco años, casi perdido dentro de mi guardapolvos blanco, mirando fijamente el sonajero y las manos de mi hermano. La mamá termina el lazo y me peina, con jopo, me echa colonia y me da consejos. Yo sigo mirando en silencio el sonajero, luego paseo la vista por el comedor, donde quedan mis otros dos hermanos, que aún no van al colegio, y la radio que comienza el programa de la tarde, y un sol tibio que amarillea la estancia al atravesar la cristalera opaca. Pienso: en el colegio me acordaré de esto y lloraré.

Un pañuelo, mis manos pequeñas, los puños blancos del guardapolvos, un pupitre. «Señorita, Luisito está llorando de nuevo».

Oí los pasos que se acercaban y se detenían frente a la puerta de mi celda. Oí el sonido del cerrojo. Pensé: otra vez no. Pero el policía dijo: «Sus padres le han traído estos bocadillos». Mientras cogía el paquete, me eché a llorar como un niño.

POEMA EN DOS TIEMPOS

Oración en Sifnos

Amaneceres quietos

sin motores ni bocinas en la calle

que me despierte el graznido de los cuervos

o un aleteo seco en mi ventana

que en la puerta nos espere

el perfil de una montaña

y olor a pinos.

Sentarse y ver bajar lentamente

la caricia del sol ladera abajo

sentir pasar el tiempo sin miedo

a que la quietud se rompa

poder oír las olas allá abajo

pisadas lentas de herradura sobre las piedras

el eco de dos voces

un martillo.

Mirar de cerca

como cuando éramos niños

tumbados boca abajo mirar

un sendero de hormigas

o los poros de la tierra regada.

El amanecer irá dejando paso a la mañana

irán desapareciendo las sombras

el aire se fundirá con la luz

y comenzará el canto loco

de las cigarras.

2

Una vez más

recién despierto ante la belleza

incomunicable de la mañana con sol.

Una vez más

pensar no es posible no ser feliz aquí.

Pero hoy también recuerdo

el silencio impenetrable

de un arroyo entre piedras…

y el tiempo, que pasa.

O el mar por la tarde

desierto cegador de espejos sonámbulos

y sentir que todo

—hasta los aromas y el silencio—

se ha callado, muerto.

El día, gastado,

ha dejado una pantanosa

sensación de desdicha y hastío.

Y por la noche,

es un indefinible terror

lo que siento

ante la desolación

de las higueras bañadas de luna.

Y sin embargo,

sé que seguiré asomándome siempre a la ventana

buscando el esperado resplandor

de las paredes blancas

buscando

en ese sol y en ese olor a pinos

algo que no está en ellos.

Aunque sepa que no está en ellos.

(Agosto de 1977 – Junio de 1980)

FAUSTINA

Las mujeres comentan con desagrado que en los vestuarios de la piscina se desnuda con una total falta de pudor. Cómo va a darle eso pudor, si en verano, sobre la concurrida rampa que en el puerto baja hacia el agua cualquiera puede ver su cuerpo desnudo, gastado y seco calentándose al sol sin que le importen los chapuzones y risas infantiles a su alrededor. Ellos también están ya acostumbrados, y no detienen mucho tiempo su vista en su piel de lagarto. Dice que lo necesita, que le hace mucho bien. Lo dice con su voz de niña, con una voz que no engaña a quienes la conocen y saben de sus arrebatos de cólera porque nuestros perros con correa y collar se comen lo que ella echa para los gatos desde su balcón. «No te rías, no. Si no, ¿los gatos qué van a comer?» Quienes la conocen desde antes, saben cuánto ha trabajado en su vida, y así la vida ha trabajado su cuerpo.

En las noches tibias de viento sur, en otoño, sobre el rumor de las hojas secas se le oye cantar en los columpios del barrio. Faustina apunta a la luna grande con sus pies de niña vieja y el viento la acaricia mientras ella canta fuerte una canción alegre.

Tonasa oñotal

Nino camina andantino. No debe llegar atrasado, pero tampoco quiere apurar el tranco. No quiere llegar con esas gotitas de transpiración que lo hacen parecer como el personaje culpable en una película gringa sobre romanos imperiales con flequillo en la frente. El ejemplo ese de Mitologías lo traumó alguna vez. Pero ve la hora y cambia a allegro. Todo por hacerle caso a la Filolela, que ofició de celestina. “Oye asopao, si te va a gustar; está igual que tú, solita. Y no vengái con que no le hai echado el ojo, te tengo cachaíto y vos lo sabís”.

Se pactó en que la idea de juntarse era para organizar el amigo secreto. Parece, no supe bien eso yo. Acordaron: un café equidistante de los respectivos domicilios e ir sin auto. Es una reunión de comité organizador, les pareció justo. Y helo aquí, caminando casi al trote.

Pidió un café y Ella un jugo de naranjas. Es que me gustan las naranjas, justificó. Cosa que la mar no tiene, respondió. Meter la mano en el agua las esperanzas mantiene, replicó.

Por todas las pantallas andan diciendo que hay diez temas que no debieran abordarse en una primera cita: las anteriores parejas, la pega, la política, cosas así. (Ustedes saben, son como consejos. Tips, como decía Gollum, el apodo de Flauers, el Mentecato). Eso lo digo yo, pero sepan que Nino no es de pantallas y sabe que a estas alturas todo es ex. Que sus pegas de profes están contra la hidra. Que no calza con esta dictadura.

Abordaron todos los temas los tortolitos, no tienen remedio. Están a este lado del poder y, ahora, a este lado de la calle. La fue a dejar, tan caballero él.

Irla a dejar rompe la regla de la equidistancia, Nino agüeonao.

Están caminando adagio, a veces se dan unos topecitos casuales en los hombros.

Ella está hablando de sus padres y de su familia. No te pongái a sicoanalizar puh, Nino.

No. Se interesó de verdad por saber cómo describe a sus padres. Buena, Nino. Te toca.

Ella habló de Retrato de una dama. Sobre todo, le descripción que hizo Ella de Isabel.

Nino, tranquilo. No interpretes.

Le preguntó Ella por ese trozo de papel de diario que sobresalía penosamente del bolsillo superior izquierdo de la chaqueta de bluyín, miren cómo es.

Ahí anoté tu teléfono y tu dirección, le dijiste, con algo de planchita, reconócelo.

Apura el paso Ella. No usa celular, piensa, o creo que piensa.

Nino le teme al momento de la despedida. Ese “nos vemos” final. Esa cagá de beso al aire con cheek to cheek, que se usa en las despedidas y en los saludos. Lo sé, conozco a mi compadre. Esa mentirosa promesa, conjugada en presente. Mezcla de “nos veremos” con “viéramos”. Y el posterior desenlace: una vaga amistad telecomunicativa en un tiempo cada vez más delgado. La memoria se pierde y a veces es bueno perderla. La memoria o la vida, te dice el Presente.

Se apura, porque Ella se apura. Se dio cuenta de mi sosera sentimental, se dice.

La llave de la reja.

Abrir entrar cerrar.

Puerta de entrada al domicilio.

Llave de la primera chapa.

Llave de la segunda chapa.

Quédate, supongo que le habrá dicho.

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