Mata de menta

En su  vejez, la  fealdad del barrio seguía revolviéndole las tripas intensamente, en sesenta años  todo había empeorado.  Las mismas ranchas,  el pavimento roto, la alcantarilla bloqueada,  formando un charco de agua servida donde niños inocentes  se refrescaban en verano.  Andrea había perdido la esperanza de cambiar su vida. Ahora pensaba que  peleaba contra molinos de viento.

En el espejo manchado de azogue, creyó  vislumbrar  la cara de Josefa,  tal cual la dejó esa tarde:  boca entreabierta, ojos lánguidos. Los recuerdos fueron adhiriéndose  como  cría a la teta de la madre.  Sintió necesidad de escribir  acerca de  ella  para volver a   sonreír.

 Caminó apegada al muro del callejón  cubierto de grafitis esa última vez. La visitó esa noche para entregarle su regalo de cumpleaños. Llevaba el puñal en su chaqueta de mezclilla,  lista  a extender  la hoja fuera de  la vaina,  si era necesario.  Le regaló una pulserita de plata bordada, igual a la suya, después  le cantó boleros peruanos,  un tarareo que a Josefa le causó mucha alegría.

Esa noche Josefa la tomó de las manos y confesó que  los besos y abrazos  no la conformaban: yo te amo.  

Cuarenta años más tarde Andrea volvía a pensar:  en la población nadie hacía eso. Hubiera sido un salto al vació… Además, el sexo mata lo romántico.   Ella  hubiera tenido que hacerse cargo de la casa.   En el pueblo habrían  sido  discriminadas.  Quizá hasta asesinadas por  hombres intolerantes al amor entre mujeres. 

Andrea asió con ambas mano la taza de café y se preguntó:  ¿se acordará de mí? ¿recordará nuestros sueños? ¿habrá logrado escapar de la pobreza de esos años?     

 Ella la dejó esa noche de pie junto a la mata de menta,  boca entreabierta y  ojos lánguidos.  

Había pasado mucho tiempo.

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2 comentarios sobre “Mata de menta

  1. Me emocionó, Javierita. Y qué mierda que tanta gente haya tenido que renunciar a ese amor, o esconderlo, o. como dice Andrea, haya sido asesinada por salirse de la norma.

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