Muchos años más tarde, en la comisaría del Gobierno Civil, había de recordar esta escena:

Un sonajero en primer plano, golpeado por los bruscos manotazos de un niño, mi hermano pequeño. Su cara excitada, leves resoplidos, las piernecitas pateando el aire.

Un lazo, un lazo azul con motitas blancas, un lazo enorme que una mujer, mi madre, me anuda al cuello. Yo con cinco años, casi perdido dentro de mi guardapolvos blanco, mirando fijamente el sonajero y las manos de mi hermano. La mamá termina el lazo y me peina, con jopo, me echa colonia y me da consejos. Yo sigo mirando en silencio el sonajero, luego paseo la vista por el comedor, donde quedan mis otros dos hermanos, que aún no van al colegio, y la radio que comienza el programa de la tarde, y un sol tibio que amarillea la estancia al atravesar la cristalera opaca. Pienso: en el colegio me acordaré de esto y lloraré.

Un pañuelo, mis manos pequeñas, los puños blancos del guardapolvos, un pupitre. «Señorita, Luisito está llorando de nuevo».

Oí los pasos que se acercaban y se detenían frente a la puerta de mi celda. Oí el sonido del cerrojo. Pensé: otra vez no. Pero el policía dijo: «Sus padres le han traído estos bocadillos». Mientras cogía el paquete, me eché a llorar como un niño.

2 comentarios en “El Sonajero

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