Pablito  vive en un callejón en el cerro La Cruz.  Sentado sobre un muro a medio construir espera que la brisa nocturna refresque el techo de hojalata de su mediagua.   Está solo sin  siquiera un pedazo de pan en la mano. 

 En el callejón el foco del alumbrado parpadea.  De pronto ve  un bulto mover la basura esparcida cerca de la quebrada, se asusta.   El gato negro se le acerca sigiloso, y salta  a su lado. Choca su cabeza contra él, lo lame. Pablito le  acaricia el lomo, le rasca suavemente la barbilla.

—¡A acostarte!—  grita su madre.

Entra con el gato en brazos, lo acuesta a su lado.  Y se duerme sobre la colchoneta  en el suelo.

II

El gato negro de la plaza Echaurren duerme en la rama del crespón.  A eso de las 2 de la tarde despierta, y desde arriba observa al gato torpe con dos patas que aún duerme la borrachera debajo del árbol. 

El aroma a comida llega desde la cocina del restorán.    Su socio se despierta y tose. Acomoda la espalda contra el árbol, saca del bolsillo una botella de vino y se la empina. Ahí se queda, medio borracho, medio dormido. 

El gato negro cruza  cauteloso la calle, continua por la vereda hasta el patio posterior del restorán. Parapetado entre los tachos de basura otea la puerta abierta de la cocina,  está atento a los ruidos de ollas y platos, y cuando llega el momento oportuno corre, salta al mesón para robar la presa de pescado frito en el plato.  Se oculta a comérsela detrás de la hoja abierta de la puerta.  Al rato, escapa con otra presa  de pescado en el hocico, se la lleva al gato alcohólico en la plaza.  

III

Emily por robarse una flauta de pan fue condenada a vivir 30 años en la colonia,  llegó sin más posesión que un naipe de Tarot en el corpiño.   El último penique lo gastó en sobornar al contramaestre del barco para que la permitiera viajar con su gato Tom.  

Comenzó a trabajar de cocinera para un escocés que producía trigo para la guarnición de Jamestown.   Alquimista amateur  había descubierto como hacer pintura blanca con planchas de plomo, vapor de vinagre y estiércol de aves.   

Cuando la muchacha iba al pueblo llevaba a Tom  en el canasto de brazo. Pronto el pelaje negro del animal desató  suspicacias entre los colonos.  Para más, debido a que el escocés  no le  pagaba salario, ella comenzó a ganar dinero leyendo las cartas.   

Su actividad llegó a oídos del pastor de la iglesia que la acusó de bruja, y  el gato  la encarnación del diablo. Algunos  feligreses fueron más lejos.

 – Es el mismo diablo -dijeron- porque no tiene ni una pizca de blanco en el pelaje.  

  Dos cosas eran difíciles de procurarse en la colonia, una mujer y un gato fuerte que  ahuyentara  del granero a los roedores.   

Cuando  el pastor llamó al granjero a dar su testimonio frente  la comunidad, el escocés dijo: Emily es nada más que una mala cocinera, y el gato un audaz cazador con una pinta blanca en la entrepierna.   

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