Instantánea de una vida

 

El Tuco  es un hombre de edad indefinida que deambula por Reñaca entre  restaurantes y turistas.  A menudo se le ve sentado en cualquier banco, dibujando.  Todos los días esboza  el  rostro de algún  transeúnte que llama su atención. Desde que eligió esta forma de vida, el mundo es un relámpago de cosas y gentes que pasan sin tocarlo. Él se desliza frente a los ojos de los otros como un tumor  que nadie desea  tener.  Pero no siempre fue así. El Tuco fue un médico famoso que de pronto sintió al dinero como algo totalmente ficticio, abstracto y, por lo mismo, le produjo  rechazo.     

Su padre nunca entendió que tirara todo por la borda.  

—¿Qué vas a hacer con tu vida?- le había preguntado años  atrás.

—Nada—  respondió él. 

—¿Y de qué vas a vivir?

—De muy poco.

—Escucha, nadie vive de la nada.

—Tú vives de lo imaginado – le contestó, haciendo alusión a lo inmaterial del dinero.  

—Vas a ser un vago.

 

Hoy el Tuco ha dibujado a su padre, como lo recuerda, más joven y gordinflón.  Una vez acabado  el sketch, guarda  el pedazo de lápiz en el bolsillo y cierra el cuaderno.  Se dispone a mirar la puesta de sol en el mar como un nazareno sucio y maloliente. A su izquierda,  los edificios de la ciudad y los árboles desaparecen tras la cortina del ocaso.  Frente a él, el sol, descendiendo, tiñe el horizonte de colores cálidos,  tan opuesto al gris de su  vida.

Más tarde va al lugar donde guarda el saco de dormir y la pequeña almohada; con estas cosas regresa a la playa.

 Todavía es temprano para dormir.  Es hora de fumar la colilla de cigarro, recogida de cualquier suelo; y de pensar en nada  especial.   

El Tuco  toma un puñado de arena, y la deja caer lentamente. Desde la mudanza a la playa sus nervios han mejorado. Cuando llega el silencio se mete en el saco  y duerme relajado con el sonido de las olas, mientras arriba corretean los ratones.

 Se despierta bruscamente  cuando una pesada bolsa le cae sobre los pies. Luego escucha la sirena de un auto policial. Incorporándose, medio dormido el Tuco abre la bolsa.  Adentro hay  fardos de dólares.  Está confundido y se pone triste porque supone que  el dinero es ineludible;  vuelve a tentarlo con soñadas fantasías de placeres y  felicidad.  Las yemas de sus dedos  disfrutan con los crujientes billetes de cien. Un papel de calidad, diferente  al papel de los pesos que un día tuvo.   

 Tras meditar un momento, lo tienta la oportunidad. Podría tratar de funcionar en sociedad, de construir una nueva vida en otro lugar. Tembloroso como un perro, toma el bolso y camina derecho hacia la negrura del mar.  Va a seguir al sol que se levanta al otro lado del  mundo.

 

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