El Sonajero

Muchos años más tarde, en la comisaría del Gobierno Civil, había de recordar esta escena:

Un sonajero en primer plano, golpeado por los bruscos manotazos de un niño, mi hermano pequeño. Su cara excitada, leves resoplidos, las piernecitas pateando el aire.

Un lazo, un lazo azul con motitas blancas, un lazo enorme que una mujer, mi madre, me anuda al cuello. Yo con cinco años, casi perdido dentro de mi guardapolvos blanco, mirando fijamente el sonajero y las manos de mi hermano. La mamá termina el lazo y me peina, con jopo, me echa colonia y me da consejos. Yo sigo mirando en silencio el sonajero, luego paseo la vista por el comedor, donde quedan mis otros dos hermanos, que aún no van al colegio, y la radio que comienza el programa de la tarde, y un sol tibio que amarillea la estancia al atravesar la cristalera opaca. Pienso: en el colegio me acordaré de esto y lloraré.

Un pañuelo, mis manos pequeñas, los puños blancos del guardapolvos, un pupitre. «Señorita, Luisito está llorando de nuevo».

Oí los pasos que se acercaban y se detenían frente a la puerta de mi celda. Oí el sonido del cerrojo. Pensé: otra vez no. Pero el policía dijo: «Sus padres le han traído estos bocadillos». Mientras cogía el paquete, me eché a llorar como un niño.

POEMA EN DOS TIEMPOS

Oración en Sifnos

Amaneceres quietos

sin motores ni bocinas en la calle

que me despierte el graznido de los cuervos

o un aleteo seco en mi ventana

que en la puerta nos espere

el perfil de una montaña

y olor a pinos.

Sentarse y ver bajar lentamente

la caricia del sol ladera abajo

sentir pasar el tiempo sin miedo

a que la quietud se rompa

poder oír las olas allá abajo

pisadas lentas de herradura sobre las piedras

el eco de dos voces

un martillo.

Mirar de cerca

como cuando éramos niños

tumbados boca abajo mirar

un sendero de hormigas

o los poros de la tierra regada.

El amanecer irá dejando paso a la mañana

irán desapareciendo las sombras

el aire se fundirá con la luz

y comenzará el canto loco

de las cigarras.

2

Una vez más

recién despierto ante la belleza

incomunicable de la mañana con sol.

Una vez más

pensar no es posible no ser feliz aquí.

Pero hoy también recuerdo

el silencio impenetrable

de un arroyo entre piedras…

y el tiempo, que pasa.

O el mar por la tarde

desierto cegador de espejos sonámbulos

y sentir que todo

—hasta los aromas y el silencio—

se ha callado, muerto.

El día, gastado,

ha dejado una pantanosa

sensación de desdicha y hastío.

Y por la noche,

es un indefinible terror

lo que siento

ante la desolación

de las higueras bañadas de luna.

Y sin embargo,

sé que seguiré asomándome siempre a la ventana

buscando el esperado resplandor

de las paredes blancas

buscando

en ese sol y en ese olor a pinos

algo que no está en ellos.

Aunque sepa que no está en ellos.

(Agosto de 1977 – Junio de 1980)

FAUSTINA

Las mujeres comentan con desagrado que en los vestuarios de la piscina se desnuda con una total falta de pudor. Cómo va a darle eso pudor, si en verano, sobre la concurrida rampa que en el puerto baja hacia el agua cualquiera puede ver su cuerpo desnudo, gastado y seco calentándose al sol sin que le importen los chapuzones y risas infantiles a su alrededor. Ellos también están ya acostumbrados, y no detienen mucho tiempo su vista en su piel de lagarto. Dice que lo necesita, que le hace mucho bien. Lo dice con su voz de niña, con una voz que no engaña a quienes la conocen y saben de sus arrebatos de cólera porque nuestros perros con correa y collar se comen lo que ella echa para los gatos desde su balcón. «No te rías, no. Si no, ¿los gatos qué van a comer?» Quienes la conocen desde antes, saben cuánto ha trabajado en su vida, y así la vida ha trabajado su cuerpo.

En las noches tibias de viento sur, en otoño, sobre el rumor de las hojas secas se le oye cantar en los columpios del barrio. Faustina apunta a la luna grande con sus pies de niña vieja y el viento la acaricia mientras ella canta fuerte una canción alegre.

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